Se7en: Los Siete Pecados Capitales del Líder



Se7ven” es una magnífica película de David Fincher, de 1995, donde unos muy correctos Brad Pitt y Morgan Freeman seguían los pasos de un asesino en serie (Kevin Spacey) quien tenía la idea de ir cometiendo asesinatos vinculados a cada uno de los 7 pecados capitales.

La verdad es que el número 7 ha dado unas cuantas buenas películas en el cine. Por ejemplo “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Donen, 1954), “Los 7 samuráis” (Akira Kurosawa, 1954) y su versión americana “Los 7 magníficos” (John Sturges, 1960), “Siete almas” (Gabrielle Muccino, 2008), “7 años en el Tíbet” (Jean-Jacques Annaud, 1997), … También las ha dado menos buenas (“las siete espadas”, “los siete novios”, “siete hombres de oro” …). Pero en fin, dejemos el celuloide y volvamos con nuestros pecados.
 
Los pecados capitales, como no podría ser de otra manera, provienen de los primeros cristianos y eran una forma de identificar todo aquello que no deberíamos hacer y, por el contrario, buscar las virtudes que deberíamos practicar. La configuración actual de los 7 pecados capitales tal vez parten de la enumeración y descripción que hizo Santo Tomás de Aquino (siglo XIII). Probablemente la mejor, y más conocida, obra pictórica al respecto la realizó El Bosco (el mismo de “El Jardín de las Delicias”) en su “Mesa de los Pecados Capitales”.


Uno de los 7 pecados capitales es la soberbia (del latín superbia). Según nuestro diccionario de la Real Academia se define como “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”. También es entendida como “el deseo por ser más importante o atractivo que los demás”, “la sobrevaloración del yo con respecto a los demás”, “creencia de que lo que uno hace o dice es superior a los demás”.

La envidia (del latín invidia) es definida por nuestro diccionario como “deseo de algo que no se posee” y consiste, efectivamente, en desear lo que los demás tienen, entendiendo que a uno le hace falta y, como consecuencia de ello, le deseamos el mal al prójimo.

La lujuria (luxuria) en nuestro diccionario es el “vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales”. Según otros autores podría conceptualizarse la lujuria como “los pensamientos posesivos sobre otra persona”.

La ira (ira) es “pasión del alma que causa indignación y enojo; apetito o deseo de venganza”. El odio y el enfado son los sentimientos más cercanos a la ira y éstos (como tal vez en otros casos) se producen de forma  incontrolada. Algunos autores más modernos la relacionan, también, con la intolerancia y, por tanto, con la discriminación hacia otros.

La gula (gula) se define como el “exceso en la comida o bebida; apetito desordenado por comer y beber”. En algunas ocasiones se vincula este pecado simplemente con cualquier forma de exceso (consumo irracional, innecesario o abusivo).

La pereza (acidia) es el “tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados; flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”.

El último pecado “clásico” capital sería la avaricia (avaritia), entendida como el “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Se considera, por tanto, un pecado de exceso. Para algunos autores la avaricia abarca, también, la deslealtad, la traición deliberada (por ejemplo si conlleva dejarse sobornar), …

Seguramente si pensamos por un momento en algunos de los líderes que tenemos a nuestro alrededor comprobaríamos que, “por acción u omisión”, todos han cometido alguno de estos pecados … ¿no crees?

Os animo a que identifiquemos qué tipo de comportamientos, en el día a día del líder, corresponderían a cada uno de esos grandes pecados capitales. Tal vez así podamos lograr, como en el origen de la identificación de los pecados capitales, “educar en la moral de liderazgo”. Las organizaciones nos lo agradecerán.

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