Mis libros del verano: ¿Por qué colaboramos?



Animado por un post de Dolors ReigCompartir es natural (y más fácil que nunca)” decidí llevarme para las vacaciones el libro “¿Por qué colaboramos?” del psicólogo del desarrollo Michel Tomasello.

Cómo es habitual las recomendaciones de Dolors no defraudan, y este libro me ha parecido muy interesante y he disfrutado de su lectura. En él el autor, trata de demostrar empíricamente, comparando estudios y experimentos realizados en niños y en chimpancés, que los seres humanos venimos al mundo siendo generosos y dispuestos a colaborar, como teorizaba Rosseau. Eso sí a medida que vamos creciendo, la cultura existente nos va “pervirtiendo” y aprendemos, muchas veces a palos, a ser más selectivos en nuestro altruismo, en función de cómo nos tratan a nosotros.

Está característica es única de los humanos, y Tomasello reúne muchas evidencias para demostrar que ni siquiera los chimpancés, unos de nuestros antepasados más cercanos, tienen este tipo de comportamientos altruistas. Según él esta ha sido la clave de la evolución humana, lo que definitivamente nos diferenció de los simios: la capacidad de colaborar, de abordar grandes retos de forma conjunta y de cocrear.

Y para que esto fuera posible, en un entorno altamente competitivo como es el reino animal, algo tuvo que surgir para marcar la diferencia. Según Tomasello, esto vino en forma de confianza y tolerancia. De alguna forma desarrollamos la capacidad de confiar en los demás, y de esa “generosidad” surgió el poder que nos catapultó como especie.

Estas nuevas habilidades pronto se empezaron a materializar en aspectos físicos que poco a poco nos fueron diferenciando más y más del resto de animales. Por ejemplo, el blanco del ojo (que hablando con propiedad se llama esclerótica). Existen más de 200 especies de primates no humanos, y todos ellos tienen los ojos prácticamente oscuros por completo, es decir no tienen apenas parte blanca. En cambio en los humanos la esclerótica (la parte blanca) es tres veces mayor que el iris, lo que permite que la dirección de la mirada de un individuo sea fácilmente detectada por los demás. Esto sin duda fue una gran ventaja a la hora de ayudar a los demás a detectar predadores o a encontrar alimento, así como para desarrollar la capacidad de atención conjunta (dos o más personas centran su atención en un objetivo común, cualidad exclusiva de los seres humanos).

El equipo de Tomasello afirma que esta evolución, denominada ojo colaborativo, es sin duda fruto de un entorno socialmente colaborativo, donde mostrar ese conocimiento (P.e.: Ahí hay comida) no sólo no iba a ser utilizado en contra del propio individuo, sino que el foco de atención conjunto sobre él era beneficioso para todos.

En resumen una lectura amena y recomendable, plagada de interesantes experimentos realizados sobre niños y chimpancés, que ilustran las diferencias de comportamiento entre ambas especies y facilitan la comprensión de los conceptos desarrollados.

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