Cuidado con el reconocimiento


Las políticas de reconocimiento cuando están bien fundamentadas y estructuradas aportan beneficios como el aumento de la motivación, lealtad, fidelidad, productividad, calidad del trabajo, retención… y todo suma para conseguir mejores resultados. Esto en las empresas americanas lo tienen muy claro y forma parte de la su forma de entender el trabajo y la empresa. Aquí lo empezamos a comprender y en algunas organizaciones lo implantan con excelentes resultados.
Pero el reconocimiento a nuestra labor en el trabajo y no me refiero al dinerario, es un elemento que nos puede confundir y desanimar sí no es bien entendido o todo lo contrario.
El reconocimiento externo que demandamos tiene tantas aristas que hay que tomarlo con mucha cautela. Cuando es merecido, sincero y además trasmitido, nos llena de energía y redoblamos nuestro rendimiento.
Pero en muchas ocasiones estamos tan pendientes de recibirlo que nos desgastamos y quizás nunca nos llegue. ¿Por qué? Pues, a veces, porque nuestros compañeros y responsables nos lo niegan por puros celos, envidias, no eres su “amigo”, por miedo, porque puede suponer un posterior reconocimiento o reivindicación salarial etc. Y a veces, es sólo un reconocimiento de soslayo no vaya a ser que…
Ocurre también que simplemente “es que no saben lo que hacemos” y en ocasiones es un reconocimiento inmerecido por las circunstancias que sean.
Además, aunque nos reconozcan no te reconoces tu a ti mismo. Me explico, nosotros somos nuestro principal juez, y además muchas veces implacable y exigente independientemente del reconocimiento externo.
Por todo ello, pienso que como en otros aspectos del individuo, el interior de cada uno es determinante.
Si en la labor de cada día das lo máximo de ti, eres honesto y honrado en tu trabajo conseguirás reconocerte. Y externamente,  puede que recibas o no ese reconocimiento por la razón que sea, justa o injusta pero ya no te puedes culpar y si reconocer.
Pero igual que nos martirizamos internamente ante los errores que cometemos  diciéndonos “que mal lo he hecho”, “por qué no me calle”, “no sirvo para nada”, cuando nos esforzamos, intentamos hacer lo que podemos o sabemos, tenemos que premiarnos, apoyarnos, felicitarnos a nosotros mismos, hayamos o no conseguido un objetivo. En definitiva, reconocernos sin caer en la vanidad ni en la autocomplacencia.
Si somos capaces de reconocernos, sin estar condicionados por el entorno, nos será mucho más fácil reconocer y apoyar a los demás.

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