El manejo de la incertidumbre

Cada organización, cada empresa, cada equipo desarrolla una manera propia de gestionar la incertidumbre, tanto colectiva como individualmente. Dependiendo del estilo de dirección, el momento, el entorno y otras variables con distintos grados de influencia la comunicación fluirá de forma ordenada y eficiente, a borbotones, gota a gota o como fuente de problemas dudas, inseguridades y por tanto de freno al desarrollo.
La incertidumbre, provocada expresamente o como consecuencia de un estilo de dirección y comunicación produce generalmente en las personas estados de duda, temor, desconfianza y en casos extremos de ansiedad; lo que equivale a decir una pérdida de eficacia, de espíritu de equipo y de perspectiva.
Bajo una incertidumbre más allá de la provocada por la dificultad de tiempos como el presente se reacciona generalmente a la defensiva, con una actitud a corto plazo, y sin participar adecuadamente en los proyectos con visión amplia. 
Sin una adecuada reacción a los acontecimientos importantes que se suceden periódicamente las personas tendemos a imaginar, a descifrar pretendidos mensajes ocultos en actitudes, gestos o actos que no contienen realmente nada especial, del resto de los componentes del equipo, del supervisor, personas relacionadas etc.
El tiempo invertido en este solitario juego perverso de, la intoxicación de la comunicación y el bloqueo que produce en el propio individuo se encargan de generar una serie de ineficiencias que acaban por dañar al resto de la organización.
Puede citarse el caso de alguna empresa donde  he llegado a conocer el uso perverso de este arma  generando  a propósito un estado de incertidumbre que facilitara la ruptura de relaciones o la aceptación de cambios importantes. Se trata tan solo de provocar estado de incertidumbre altos (fusiones, compras, cambios de estrategia etc.) mantenidos en el tiempo de forma que se genera un estado de “Que sea lo que sea, pero que sea ya”. Obviamente pueden producirse el resultado buscado a corto plazo pero la organización se empobrece de tal manera que llega a perder sus valores más señalados e incluso desaparece.
Parece lógico pensar que se debe gestionar la comunicación ante elementos extraordinarios que afecten individualmente a las personas de forma que no contribuyan a generar ese estado, mediante un tratamiento de la información que respete los valores de la empresa, no caiga en la sobreabundancia ni la indiscreción (especialmente en materia corporativa) y evite el deterioro de las relaciones por situaciones imaginadas.
No es tarea fácil y a veces choca con la natural reserva de la personas, pero no olvidemos que en las películas de miedo se teme más al monstruo que no se ve y se imagina que al que aparece directamente en pantalla.

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