¡Potenciemos el alma de las organizaciones!

En verano he aprovechado para leer algunos de los libros que tenía pendientes. Uno era el estupendo ensayo de Javier Fernández Aguado “El alma de las organizaciones”. En él Javier señala: “Sólo las organizaciones que desarrollan el Alma pueden atraer y –sobre todo- retener al mejor Talento. Una institución puede no cuidar su Alma, pero antes o después caerá en la mediocridad o en la irrelevancia, cuando no en el derrumbadero. Por el contrario, aquellas que la cuidan verán cómo sus proyecto florecen, y los mejores acuden a ellas para contribuir a su desarrollo y mejora”.

Un buen número de pensadores del management han recordado que la crisis que vivimos no es sólo económica sino también de valores, y que quizás tras ella cambien algunos de los paradignas del mundo empresarial. Probablemente es un momento estupendo para potenciar el Alma dentro de las organizaciones.

Para bien de todos, se percibe una corriente de pensamiento actual, una tendencia de cambio liderada por las empresas comprometidas con unos valores, con unos principios… que apuestan por un fin mayor de las empresas. Este “logro mayor” sería buscar la dignidad, grandeza, desarrollo y satisfacción de cada persona junto a las utilidades económicas y materiales.

Si comparamos las horas que pasamos en el trabajo con las que dedicamos a la familia, a las aficiones… veremos que salvo excepciones la balanza se decanta con claridad hacia las horas de trabajo. Me gustaría pensar (o quizás soñar) que cuando las personas llegan cada día a trabajar no tienen la sensación de entrar en unas “mazmorras” de donde serán liberadas “8 ó 10 horas después”, y así día a día salvo los “permisos” de fin de semana o vacaciones.

Lógicamente, y en primer lugar, cada persona debería poder encontrar un trabajo que le ayude en su desarrollo profesional, donde realmente se sienta realizada y si esto no es así quizás debería replantearse su proyecto profesional. Lo que sucede en un buen número de ocasiones es que las personas son “infelices” incluso encontrando empresas que se adecúan a lo buscado.

Los directivos que tenemos la suerte de dirigir equipos de personas debemos ser conscientes de la responsabilidad que tenemos de poder influir en la felicidad de las personas que trabajan con nosotros. Según nos comportemos diariamente con cada persona del equipo (recordemos que pasan más tiempo con nosotros que con sus familias) favoreceremos más o menos que sean felices en su trabajo y por ende en su vida personal. Toda persona sometida permanentemente a jornadas interminables, a estrés, a niveles de exigencia por encima de las posibilidades, a malas formas… es difícil que sea feliz.

Las empresas no hacemos más que buscar las claves para aumentar el compromiso de cada empleado. No hay ningún otro camino que no pase porque las empresas sean las que den el primer paso en comprometerse con sus personas; y en esto, cada directivo es el primer eslabón en la búsqueda del compromiso de su gente. Según nos comportemos con ellos así nos responderán. Las personas no son robots que siempre responden igual y al mismo ritmo. Cada una tiene sus circunstancias, aspiraciones, motivaciones…

Nuestros equipos son un material maravilloso, pero muy sensible, que debemos alinear para la consecución de los objetivos empresariales, pero para lo que es necesario un total compromiso en su desarrollo personal y profesional.

Y todo esto no supone dejar de ser exigente, dejar de corregir… las formas juegan un papel primordial.

Por tanto, dirigir no es exclusivamente “hacer hacer” como enseñaban en la universidad, sino “ayudar a hacer facilitando el desarrollo personal y profesional”.

Ojala nos estemos acercando al cambio y renovación de la manera de pensar más tradicional, abriendo la esperanza a potenciar el Alma de las organizaciones.

Pd: Otro día hablaremos de la responsabilidad que tenemos las empresas a la hora de influir en la “felicidad” de los clientes y de la “vocación de servicio” que deberían impregnar a cada organización.

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